Ascensión de Etiqueta al Iztaccíhuatl

Diciembre de 1941
Por: Argos


Aún sin contar con la venia de mi viejo amigo el abogado don José R. Morones he bautizado esta croniquilla, con la misma empresa que él empleó allá por noviembre de 1929 -al pergeñar su relato. Fue una de tantas ascensiones a la montaña de la Matrona Impoluta y por ello siempre codiciada. Si mi memoria no me es infiel, fue una de las últimas que emprendiera el Club. De lo que si estoy seguro es de eso de que fue... "una ascensión de etiqueta" como la que acabamos de realizar. Subimos cada uno, entonces y ahora, con una "Dennisson" en la solapa, o al cuello, o donde se pudo. Algo así como valijas o como paquetes humanos, pero con nuestros propios pies ¡conste!
Tan sugestiva caravana se formó ahora en la misma fecha -4 de noviembre- que es la clásica para estas jornadas volcánicas y, sin embargo la volcanada fue un éxito. Éxito rotundo, completo, tanto para las novicias y párvulos como para los legos y graduados. Y justo es decirlo, también para el Club mismo, para su vida y para su historia.

Después de no hacer una visita a "mi" Izta en tantos años, era una temeridad intentarla ahora. Pero la animación y creciente entusiasmo decidieron que se lanzara el toque de atención. La respuesta no se hizo esperar; comenzaron las inscripciones, los preparativos, las preguntas sobre impedimenta, la compra de adminículos, los proyectos sobre actitudes, las esperanzas sobre resultados. Todos esos detalles físicos y sentimentales que entran en juego en estos casos.

"Pericia y organización" fue el lema de directores y ayudantes desde el principio al fin de la jornada. Y pueden estar satisfechos pues todo salió como estaba previsto y calculado, menos, como es natural, el contratiempo que nos deparaba el Dios Neptuno y la falta de tres caballerías que se originó por la demanda de ellas.
La salida de la metrópoli fue puntual, como ya es costumbre establecida. En el trayecto a bordo del "Emperador", se tejieron las conversaciones, se aventuraron comentarios y no faltaron interrogaciones, más o menos indiscretas, que se asomaron en la faz de algunos. Sin embargo, a poco rodar el entusiasmo se impuso en todos. En Amecameca recalcamos en cá de Narciso Téllez, antiquísimo conocido y obligado guía aborigen.

Puntual a la cita esperaba al frente de su mesnada: mozos, caballerías y acémilas, flacas unas y mal trajeados otros, pero que permitirían hacer la ascensión, por la parte boscosa, de hombres y bultos, lo más amena posible. Aparejadas las mulas, caballeros los alpinistas y todo en orden se emprendió la marcha por esa larguísima planicie que separa al pueblo de la montaña -que ahora y siempre me ha fatigado en demasía, sobre todo al regreso- y encumbramos sus contrafuertes.

No faltaron los detalles chuscos: la acémila rebelde y quisquillosa que mandó al diablo varias veces su carga de costales y piolets; el caballejo de una amiguita que no obedecía, ni con buenas ni con malas razones, y ponía en aprietos a lo que aconseja la ciencia de Hipócrates; la lentitud de otra cabalgadura que arrancaba protestas de otra impaciente e intrépida amazona; la fogosidad del único cuadrúpedo que podía ostentar el nombre entero de caballo, que tenía pleito reñido con todos sus compañeros, con gran regocijo de su afortunado jinete; las remudas que algunos hicieron con los que subían a pie, para entrenar el ejercicio pedestre, y algunos otros que no recuerdo.

En la hondonada que queda frente a las Cuevas de Cholula, -el por qué las llaman de Cholula es algo que nunca he podido averiguar- se instaló, como en ocasiones anteriores el campamento. Nos pertenece por antigüedad, y lo hemos tomado por derecho de conquista. El lugar es ideal porque queda protegido del cierzo por las peñas del lado norte; se disfruta de agua clara y abundante que baja por la cañada y, sobre todo, queda retirado del bullicio, de la algarabía, del humo y de la aglomeración en las Cuevas.
En, un santiamén quedaron levantadas las tiendas, en número de siete. Se abrieron mochilas, se extendieron sarapes y se distribuyó la impedimenta para que cada quien quedara con lo suyo. Vino después el reposo de la tarde -que para alguno fue algo más que frugal-y con eso se aplacó un poco el desfallecimiento que había provocado la jornada, la altura y el ayuno prolongado. La noche, que subió a la montaña después de nosotros, se aposentó también en el campamento, a, nuestra vera, y con su llegada se disipó, calina y nublazón que nos acompañara todo el día. Y entonces vimos allá arriba, frente a nosotros, la nieve blanquísima que emergía de la montaña azul, y más arriba la luna, la pulida Selene, que nos dio la bienvenida franca y luminosa.

No hubo necesidad de dar órdenes de reconocimiento, pues todos fuimos quedando en esa actitud yacente de apariencia tranquila, en que se procura conciliar el sueño, dormitar unas horas. En vigilia no se logra por completo tan loable empeño. El intervalo de silencio que se abrió desde ese momento hasta la media noche, sólo se vio interrumpido por el crepitar de una confortable hoguera, que costó buen trabajo, y puso a prueba la tradicional perseverancia de dos buenos amigos para encenderla; y por la ruidosa llegada de unos excursionistas anónimos que no llevaban ni abrigo, ni pan, ni agua, y se convidaron al calor del fuego. Muchos, como ellos, emprenden así las volcanadas y a eso se deben los accidentes que después lamentamos: falta de preparación y de prudencia, y sobra de temeridad y de ignorancia.

Al filo de la una alguien lanzó un estridente silbatazo que ordenaba ponerse en pie, requerir spikes y piolet, ajustarse el abrigo y aliñar por última vez, la indumentaria de ascensión. Media hora después ya estaban todos en línea de tiradores. El orden en que cada uno quedó colocado fue el siguiente: Sr. Daniel Romero, que llevó la jefatura de la columna -en ausencia del Lic. Emilio Raz Guzmán, por algún contratiempo que sufrió y que lamentamos- y después: Srita. Carlota Moreno, Sr. Manuel Reta Alducín, Sra. Lucía Lemaitre de García Campos, Sr. Lic. Enrique García Campos, Srita. Dra. Edelmira Boijseauneau, Sr. Álvaro J. Moreno, Srita. Carmen Villasana, Sr. Juan Petterson, Srita. Enriqueta Nessi, Sr. T. Ifor Rees, Sr. Apuleyo Rosas, Sr. Augusto Domínguez, Sr. John Forsythe, Sr. Lic. Florencio de la Concha, Sr. Salvador Legorreta, Sr. Guillermo Brunssen, Sr. Simón Gómez, y Sr. Fermín Carbajal, que fungió de Retaguardia. Total: 19 personas.

Además formaban parte de la caravana Narciso Téllez y hasta cuatro de los mozos que debían acompañarnos por si alguno de los alpinistas necesitaba regresar antes de que naciera el día. Afortunadamente no fueron menester sus servicios.

Poco antes de las dos de la mañana se inició la marcha hacia la ansiada meta. Ilusión y arcano para unos, los menos. Reconquista y lugar de ensueño para otros, los más. No fue necesario hacer uso de las linternas: en esta ocasión resultaron innecesarias, inútiles y casi un estorbo. La luna lucía con un esplendor inusitado, con derroche de luminosidad, con desnudez voluptuosa que hacía que la montaña se descubriera y se entregara con igual sensación.

La marcha ascendente se desenvolvió lenta, tranquila, pausadamente. Dejamos atrás las primeras peñas, nos entramos por pequeñas cañadas, cruzamos arroyos brillantes, fuimos sorteando piedras grandes y pequeñas, zacatones, arenas. Todo lo que se encuentra en ese largo zigzag que forma el pedestal de las nieves eternas. Ese ritmo suave y con descansos breves y frecuentes fue uno de los motivos de éxito para todos. No hubo fatiga, ni cansancio, ni mal de montaña. Todos, hombres y mujeres, jóvenes y maduros, subimos seguros y contentos. Al Sr. Romero, nuestro guía, el amigo y compañero que tantas volcanadas ha emprendido, se debe gran parte de ese éxito, porque supo conducir y hacer descansar a la caravana como correspondía. Y sus ayudantes Petterson, Reta y Moreno también avezados ha mucho a estas jornadas deben de compartir y merecer el elogio.

La luz de la luna, el descanso a la vista, el poder apreciar los detalles cercanos y lejanos, el ir gozando de los aspectos de la montaña y del panorama que iba quedando allá abajo, muy abajo, aumentaron placer a la marcha. Confieso que el espectáculo fue grandioso e inolvidable. En mis muchas ascensiones a nuestras grandes montañas nunca había disfrutado de una noche tan radiante y tan apacible. Ascendiendo siempre llegamos a las primeras nieves y nos adentramos bastante en ellas. La columna seguía conservando el mismo orden señalado antes. Ni enfermos, ni cansados; lo único que nos molestó a algunos fue el sueño. Entró en acción un frasquito de sales y el enemigo se puso en fuga. Por fin llegó el momento de calzarse los spikes. Esta operación, como todos sabemos, es siempre un poco más tardada de lo que debería ser. Si cada uno hiciera en casa y con buena temperatura el ensayo de medirlos, ponerlos y quitarse aditamentos tan imprescindibles, se ahorraría tiempo y algunos dedos congelados de los más serviciales y comedidos. Así pues, las peticiones de auxilio y comentarios se dejaron oír en tonos más o menos ateridos: ¡Ay, no puedo, tengo las manos heladas! ¡Por favorcito, quién me pone los spikes, se lo agradeceré con un beso! ¡Imposible, estos fierros no me quedan bien! ¡Caramba, y ahora qué hago, me quedaron grandes! Y ahí tienen ustedes a Manolo, y a Queta, y a don Juan, y a Moreno ayudando a unos, apretando a otros, y calzando a las de más allá. Perdimos buen tiempo en esto, pero todo quedó arreglado y... adelante.

Más arriba vino el único problema que tuvimos: El retaguardia solicitaba la intervención del Presidente porque a un estimable compañero le fallaban todos los arreglos que se le hacían a sus spikes. Se trataba de don Simón Gómez, y se empeñaba en seguir adelante, a pesar del peligro que envuelve unos que quedan grandes, flojos e inseguros. Y en honor a la resistencia, decisión y empeño de Don Simón, miembro activo del Club, tengo que cometer una indiscreción, que confío me perdonará: Don Simón Gómez subió con 76 primaveras sobre su simpática humanidad, y si no siguió adelante fue debido a que se le convenció, no sin dificultad, de que debía de volver sobre sus pasos. Abajo de la nieve esperaría el regreso de los demás, o con un mozo se regresaría al campamento. Pero Mr. Forsythe se ofreció a acompañarlo, y ambos amigos permanecieron en ese lugar algún tiempo, regresando al venir el día.

La columna siguió ya con esa facilidad y alegría que produce la ascensión en la nieve, aunque la pendiente tenga su buen porcentaje, porque el camino se vuelve suave, terso, limpio y uniforme. Y la Izta me parece que ha aumentado mucho ese porciento; su inclinación es más marcada que antaño. Y otra cosa: la nieve estaba esta vez dura, bastante dura, al grado de que la última parte de la jornada fue necesario hacer escalones uno a uno, hasta el vientre. Narciso se pulió en esto.

De los que subieron ahora es justo mencionar, en el orden de marcha, a los que tuvieron esta volcanada por bautizo. Son siete catecúmenos: Carlota Moreno, Enrique García Campos, Carmen Villasana, Enriqueta Nessi, Augusto Domínguez, John Forsythe y Florencio de la Concha. Los demás ya tenían más de una en su haber, hasta poder contarlas con dos dedos de ambas manos y vuelta. Las damitas novicias se portaron como no lo había imaginado. Demostraron resistencia, entereza, decisión, entusiasmo y valor a toda prueba. Las condiciones de la nieve eran serias y peligrosas, y no se arredraron. Subieron solas, por su propio esfuerzo. Si alguna ayuda hubo fue momentánea y sólo a la bajada. Los varones hicieron honor a su sexo y demostraron iguales cualidades que sus compañeras. También merecen idénticos elogios las otras dos damitas que integraron la caravana: Lucía Lemaitre de García Campos y Edelmira Boijseauneau. Para ellas la montaña ya es terreno conocido, y esta es una volcanada más, sin embargo hubo novedad por las condiciones de la nieve.
Poco antes de llegar al vientre se comenzaron a asomar, del lado de Puebla, esas nubes blancas, apretadas, pequeñas, rápidas, que son precursoras de las otras, de las grandes masas. Y una vez que cubren a la Mujer que Duerme, no la dejan. No hicimos caso y seguimos. Cuando los primeros compañeros llegaban ya a aquella comba, nos salieron al paso esas nubes, se nos echaron encima, no nos dejaron ver a nuestro sabor. Y como el abrir escalones había sido labor lenta y perseverante, y el tiempo corría, y las nubes aumentaban y aumentaban, decidimos regresar. Y así lo hicimos. El descenso lo hicimos por la misma ruta, sin precipitaciones, examinando las grietas, deplorando el mal tiempo y la falta de visibilidad. Era un contraste con la noche precedente, pero una ratificación del tiempo que prevaleció el día anterior, cuando subíamos caballeros en jamelgos flacos y remolones. Fotos hubo muy pocas: de Mr. Rees, del Sr. Romero, de Fermín, de don Simón y de algún otro, porque el tiempo no se prestaba a tales escarceos.

Acabando de salir de la nieve y después de cargar al hombro los spikes, las nubes nos dieron la razón de que habíamos sido precautos, como dice el que siempre recomienda que "imitemos a Carranza". Se desató una granizada, que nos tundió de lo lindo, y después una lluvia que alcanzó hasta el campamento y más abajo, y lo dejó desconocido y lodoso. Como cada quién pudo se dedicaron a las vituallas, algunos en dos carrillos, por aquello del relativo ayuno. Se liaron los petates, se cargó la impedimenta y pasadas las tres de la tarde se inició el regreso. La bajada por el bosque fue lenta y peligrosa porque toda la montaña parecía de mantequilla. Tan era así que algún accidente de los que acaecieron ese día se debió a esto. Después ya en planicie y cuando rendíamos la jornada se abatió sobre romeros, caballeros, acémilas y aborígenes un torrencial aguacero. Amecameca y alrededores quedaron convertidos en una Venecia autóctona y nosotros nos chupamos una empapada de órdago. Se nos mojó hasta... la Etiqueta.

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