Impresiones de una ascensión al Popocatépetl

Mayo de 1933
Por: Fernando Pacheco

Sería prolijo enumerar detalles conocidos por todo alpinista inherentes a la mayoría de las "volcanadas" como jornadas cansadas y pernoctas en cuevas, chozas o tiendas de campaña. Estas aventuras son conocidas de todo excursionista que haya afrontado fatigas, incomodidades y molestias para recrearse la vista y experimentar la satisfacción de llegar a la meta propuesta.


Es una sensación de placer, una grata e inolvidable impresión, tanto mayor cuanto más arduas hayan sido las fatigas y dificultades arrolladas. Es interesante una comparación desde el punto de vista alpinista, de la Iztaccíhuatl y del Popocatépetl. La primera ofrece mayores atractivos que el segundo, porque es mucho más accidentada, tiene parajes más variados, panoramas más pintorescos, e innumerables y profundas grietas que aumentan la emoción por el peligro que engendran; en cambio, en el Popocatépetl aunque siempre se va viendo lo mismo pues es largo, cansado y monótono, una vez llegando al cráter se siente uno pequeño ante la inmensidad y lo imponente del espectáculo. Las ascensiones a este último se hacen generalmente por dos lugares: desde Atlautla, subiendo a las Canoas para llegar al labio superior del Cráter, o por Amecameca, subiendo a Tlamacas para llegar al labio inferior. Es más largo y pesado por el primer lugar, por tener que atravesar grandes extensiones de arenales que de subida agotan las energías del osado excursionista que los atraviesa. Por Tlacamas es más corto, aunque no por eso deja de ser pesado por tener que librar también una franja de arenales, de los cuales está rodeado el volcán.


Tlamacas es un pintoresco campamento situado cerca del límite de la vegetación, la cual es la peculiar de estas regiones montañosas: abetos, pinos, encinos, cedros, gigantescos eucaliptos, gran variedad de arbustos y matas silvestres, zacatón, etc.


Aquí estuvo instalado mucho tiempo el Dr. Atl y hay una caseta en donde colocaron varios aparatos para hacer estudios sobre los ruidos y movimientos del volcán. De Tlamacas se domina ya una primorosa perspectiva destacando el "Ventorrillo", llamado por otros "Las Torres". Es una mole rocosa adherida a corta distancia del cráter que por no estar cubierta de nieve, al verse de lejos da la impresión de ser un barranco cortado a pico en la ladera. Una vez ahí el engaño desaparece y, la sombra sobre el alba vestidura del volcán, que aparentaba caprichosas torres chinas, se define. Como por lo general se sale del Campamento a medianoche o en las primeras horas de la mañana, no es posible darse cuenta del tramo que se recorre casi a obscuras para llegar al principio de la nieve. Sombras gigantescas se proyectan ante la mirada del que perturba la calma de estos lugares, pero éste no para mientes en ello, sólo cuida de no tropezar y guardar para el tramo final sus energías; éstas sufren una dura prueba en los arenales, en los que avanza un paso y retrocede medio, tiene que pararse frecuentemente a recobrar el aliento y frotar sus adoloridas y ateridas extremidades, pero sigue adelante con el firme propósito de llegar. Los spikes más adelante hacen chillar lastimosamente al hielo; a cada paso es una música agradable la que se lleva de compañera. Al salir el sol, el frío aprieta, pero no impide que se contemple con admiración la interminable ladera de hielo y nieve, sembrada aquí y allá de conglomerados de rígidos témpanos inclinados a la dirección del viento que reflejan la luz del sol descomponiéndola en variados matices. Cien metros antes de llegar al labio inferior se empieza a percibir un marcado olor a azufre, que es más fuerte antes que en el mismo cráter; instantáneamente, casi sin darse cuenta, se franquea la última barrera de hielo, llegando a la parte que rodea al cráter, que está cubierta de arena y piedras volcánicas desprovistas de nieve debido al calor irradiado. Se observa que por la parte del labio inferior, la nieve está de dos a cinco metros del borde del cajete, el cual, está casi cortado a pico, mientras que por el lado del labio superior, la nieve llega hasta el mismo borde. En cambio, las paredes del tronco de cono que forman la primera parte del cráter están cubiertas a trechos de una nieve muy fina, una especie de escarcha, que a primera vista da la impresión de ser ceniza. Estas paredes están formadas por capas de diferentes colores: anaranjadas, rojas, amarillo-verdosas, e intercaladas a trechos casi simétricos franjas blancas. Al mismo tiempo que se recibe la impresión de la belleza del espectáculo otro hecho viene a aumentar su grandiosidad y a hacerlo imponente: una enorme fumarola se escapa, haciendo un ruido sordo, parecido al mugido de una máquina de vapor, de una grieta abierta en la parte inferior de la pared Este, y numerosas fumarolas chicas se escapan del cráter pequeño que se abrió a últimas fechas, de las paredes y los bordes.


Algunas de estas fumarolas son azulosas y huelen a compuestos de azufre, pero otras, son únicamente vapor de agua. El cráter de forma elíptica tiene alrededor de 600 metros de noroeste a suroeste. Por el labio inferior que mira al norte y noroeste tiene una profundidad de ochenta y seis metros, hasta una especie de plataforma de la cual no queda más que una faja pegada al perímetro, porque el centro lo ocupa otro pequeño cráter en forma de cono invertido de unos 100 metros de diámetro, que se le alcanza a ver una profundidad de 50 metros, pues se va estrechando a medida que baja de nivel. Antiguamente había un malacate para bajar a la plataforma a sacar azufre, pero ahora solamente quedan las huellas del lugar en que estuvo enclavado.


Desde el cráter del Popocatépetl, que domina todos los alrededores, se admiran a vista de pájaro, al Este el Citlaltépetl y el Cofre de Perote, teniendo a la vanguardia la Malinche; al Oeste la Sierra Madre Occidental y el Nevado de Toluca; al Noroeste el Lago de Texcoco, viéndose al fondo, la Sierra de Guadalupe y la de los minerales de Pachuca, Real del Monte y Atotonilco el Chico; por fin, hacia el Noroeste frente al observador, la majestuosa Mujer Blanca acostada en su sueño eterno. Esta variedad de "vistas" satisface al excursionista más exigente.


El regreso se puede hacer más rápidamente en la mitad o la tercera parte del tiempo empleado en la subida, haciéndolo en tobogán en la nieve, (lo cual no deja de tener sus peligros) y en los arenales dejándose llevar por el peso del cuerpo, corriendo sin temor a lastimarse los pies, por pisar en un suelo muy mullido. Al llegar al campamento durmiendo un rato y comiendo algo reconfortante, queda el excursionista en disposición para continuar el regreso y llegar a su casa un poco molido pero satisfecho.

Club Citlaltépetl de México A.C.
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