Recorrido de la Parte Subterránea
del Rio Chontalcoatlán

Abril de 1948
Por: Enriqueta Nessi

Ya que no me considero indicada para hacer esta narración, pido desde antes, consideración y paciencia a mis amables compañeros.

Comenzaré diciéndoles que no tenía la menor intención de asistir a esa excursión, ya que los comentarios que había yo escuchado sobre ese lugar no fueron de mi agrado, pero como la curiosidad del excursionista no tiene límites y la femenina tampoco, el contagioso entusiasmo de mis compañeros hizo que me decidiera a tan fantástico recorrido, que tuvo sus matices de aventura.

El grupo se componía de diecisiete personas entre las que nos contábamos tres damas. Salimos de México a las seis de la tarde, con la puntualidad de siempre. Nuestro dinámico Presidente y el incansable y entusiasta Andrés salieron a despedirnos y desearnos buena suerte.


A pesar del tiempo desfavorable y del reservado pronóstico de nuestro amable guía, el trayecto se hizo sin más incidente que los ya conocidos mareos del simpático Ingeniero.
El ambiente dentro del "Emperador" fue de alegría; aprovechando la familiaridad que allí reina, el doctor Santín, sacando sus artefactos de costura, se puso a añadir una pieza a su alpargata y para no perder la costumbre usó para ello Catgut del número 5 y agujas de suturar, resultando de todo esto un berro "Frivolité", que todos admiramos. Total que entre teorías de física, combinadas con labores manuales, glándulas de Voronoff, ascensiones, caballos y ronquidos, llegamos a Alpuyeca a las nueve y media.

La cena fue abundante y rematada con una rica rebanada de sandía. Seguimos después a Cacahuamilpa donde llegamos a la media noche. El tiempo se había compuesto por completo, contábamos con un cielo estrellado, apagamos las luces, cerramos los ojos y procedimos al "desviste". Debo aclarar que, para esta clase de excursión se necesita indumentaria especial que consiste en traje de baño, calcetines de lana y alpargatas. En calidad de mochila un bote de cierre hermético y, completa el equipo una lámpara adaptada a la cabeza, como Dios dé a entender. Ya todos disfrazados de cocuyos emprendimos la caminata al cuarto para la una de la mañana del domingo. Nuestro primer trayecto fue por el exterior, tomando por la izquierda de las grutas, bajamos al nivel del río donde tuvimos nuestro primer bautizo, confesando que no fue nada agradable. Subimos por una pendiente hasta alcanzar más o menos la altura de las grutas; aquí el camino se hizo entre campos de labranza.

Teníamos como compañeros a dos inditos y cuatro perros que nos guiaron hasta Agua Brava, o sea una de las entradas al subterráneo. Nuestros caninos compañeros haciendo alarde de "Pinters" dieron alcance a un zorrillo. Las consecuencias de esta accidental cacería no es necesario describirlas. A las dos y veinticinco llegamos a la entrada. Esta es una caverna imponente. Las luces de nuestras lámparas nos descubren figuras fantásticas, haciendo las cosas más extrañas. Coopera a impresionar más nuestros sentidos la resonancia que produce el agua dentro de la caverna y esto hizo alterar un poco mis nervios.

A las dos cuarenta y cinco descendimos casi perpendicularmente en zig zag para asegurar nuestros pasos. Compone esta bajada enormes piedras en forma de conchas, cuya superficie rugosa nos daba confianza. Al llegar al fondo, el primer ser viviente que encontramos en estas profundidades, fue una ranita blanca que, al mirarla de improviso, todo se me imaginó, menos un inofensivo batracio.

Proseguimos nuestra caminata río arriba, nuestro punto era "La Fuente". El trayecto se hizo vadeando el río, que a veces nos cubría hasta las rodillas o más arriba, sin haber faltado los tropezones y uno que otro panzazo. Sobre nuestras cabezas se elevaban bóvedas inmensas, unas austeras, otras con flecos de estalactitas semejando verdaderos encajes. A veces esta belleza se trocaba en monstruos horribles que no por ello dejaban de ser un deleite para nuestra vista. En cada salón nos esperaba una nueva sorpresa.
El mismo silencio apagaba nuestros pasos dejándonos oír solamente el gotear de las estalactitas y el chocar de la corriente en algunos tramos pedregosos. La atmósfera era templada y continuamente soplaba un viento suave. Todo esto contribuía a hacer el ambiente más misterioso y provocaba la curiosidad de aquel mundo desconocido.

No faltó la caballerosidad de los compañeros tanto para subir o bajar pasos difíciles como para atravesar el río. Hubo momentos en que tuvimos que atenernos a nuestras propias fuerzas luchando contra la corriente y no teniendo más apoyo que las manos, que se afianzaban a la roca resbalosa, haciéndonos pasar unos momentos de angustia a los novatos. A las cinco y quince minutos estábamos en "La Fuente". Aquí desayunamos, si se puede llamar desayuno a frutas secas y nueces. La labor de los fotógrafos comenzó haciendo uso de un cohete de magnesio para lograr captar la belleza del lugar y al mismo tiempo, nos dieron la oportunidad, por un minuto, de admirar en toda su magnificencia la belleza incomparable de este salón. La Fuente, en escalones, llega hasta la bóveda, luciendo su brillante y gruesa cascada de azúcar, haciendo juego con el blanco cintilar de las paredes.

Emprendimos el regreso por el mismo camino llegando a Agua Brava a las ocho y cuarenta minutos. El espectáculo fue único; por la entrada ya se filtraban los tenues rayos del sol en forma de dorado y fino polvillo. La luz semejaba humo azul y las paredes tomaban matices de plata y azul acero. Aquí hicimos un pequeño descanso. Todos reflejábamos cansancio pero no obstante esto, seguimos adelante. El camino se hizo menos pesado, sin faltar sus momentos emocionantes, como el que tuvimos casi al final, donde se tendió un cable al cual tuvo que añadírsele otro más que nos prestaron un grupo de amables jóvenes universitarios. Uno a uno fuimos pasando, más que el peligro de este trayecto, fue el cansancio que ya se dejaba sentir en algunos de nosotros.

Debo hacer notar la solícita ayuda del amigo "El Yuca", quien sin medir peligros se lanzaba buscando el camino más fácil para hacernos menos pesada la jornada; otro tanto la de nuestro ayudante Peraza, que sufrió un doloroso calambre. Grande fue mi alegría al lograr el final de la excursión y llegar a Dos Bocas. Nunca me pareció más bella la luz del sol.

En esta salida fue donde sufrí un golpe muy doloroso y por darle atención al dolor no me di cuenta de la fuerza de la corriente que me llevó rumbo opuesto. Apenas me dio tiempo de aferrarme a las rocas y esperar pacientemente a que alguien viniera en mi auxilio. Sofi, mi inseparable compañera, sin medir el peligro ni el cansancio, tuvo el arrojo de cruzar la fuerte corriente, amarrada a un cable, para prestarme ayuda. Siempre guardaré gratitud a tan querida amiga.

Así tuvo su final esta aventura que jamás olvidaré y si alguien llegara a preguntarme qué tan larga me pareció, contestaré como, dijo Sofi: "Es tan larga, que a los hombres les crece la barba".

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